El Grassmarket es uno de los barrios céntricos de Edimburgo; uno de esos en los que el incómodo lujo de la Edad Media brilla hoy con el esplendor de una joya exótica. Como una obra única cuyo molde se ha perdido, sus edificios de cuatro y cinco pisos del siglo XIV son testigos a los siglos de las necesidades de expansión de la clase alta alrededor de la muralla del Castillo, centro de la extinta corona escocesa. Sus estrechas calles lo hacen sentir a uno, sin mucho esfuerzo, en los tiempos de Robert the Bruce (en particular, Victoria Street) y su cercana pero vertiginosamente posición vertical privilegiada –al lado opuesto del foso– generan una sensación de cercanía y a la vez de imposibilidad de alcanzar el que parece ser aún el centro del mundo escocés. Como estar exactamente al lado de una luz que, no obstante, se genera a unos 200 metros de altura. La mañana siguiente al aterrizaje en que caminaba hacia la tienda del pakistaní, en la que las verduras en la calle y sin conserva escondían el tabaco, no tenía aún la menor idea de que esa sensación era otra premonición de un encuentro que cambiaría mi propia forma de pensarme en la vida. De vivir con otros.
Había llegado unos días antes del inicio de mis compromisos académicos, lo cual me permitiría, en mis planes, ubicarme en la ciudad, conocer los medios adecuados de transporte, identificar los principales lugares para proveer mis necesidades y, en últimas, para andar tomando fotos en mi cabeza y en mi cámara de una ciudad que, sin duda, impacta hasta al más insensible y recorrido viajero. Mi amigo John se había ofrecido a recogerme en la entrada del edificio, por una especie de reacción al extremo cuidado que tuve cuando visitó Medellín. Le había explicado que no era necesario; que mis precauciones cuando me visitó no eran un exceso de cortesía latinoamericana sino la responsabilidad de cuidar a alguien que uno está seguro, no se figura en sus peores pesadillas lo que podría pasarle si camina por la acera equivocada. Tenía entonces 4 días para mí, rodeado de un mundo desconocido, sin la necesidad de saludar gente en la calle, sintiéndome completamente anónimo y, a la vez, en un ambiente que desde el despertar me había hecho sentir en el lugar al que pertenezco. Es en momentos como ese donde uno se ve sin máscaras y se critica con dureza pero sin amargura.
Durante los dos primeros días, mi interacción con la población local fue bastante limitada. Estaba profundamente sumergido en los temas de mi investigación, tanto académica como personal, y sentía cómo mi mente se sintonizaba simultáneamente en dos frecuencias con mayor precisión y, paradójicamente, con autonomía. La contemplación de alguien que no tiene un rumbo definido de las masas ordenadas cuando cruzan con prisa una calle proporciona una sensación de libertad incomparable. Una que otra llamada de John al móvil a preguntar si todo estaba bien interrumpía de vez en tanto los hilos cargados que siempre he querido mantener separados. Porque, decía un amigo, una cosa es tomarse la filosofía en serio y otra tomársela en serio; la mezcla, me aseguraba, producía un corto-circuito. Una conversación desprevenida, surgida por la imposibilidad de salir en medio de una tormenta de nieve, me haría conectar, sin retorno, las dos esferas más cuidadas y, hasta entonces, separadas, de mi vida.
El viernes decidí ir a la Unit. Había quedado con John de visitarla el lunes. Él me recogería a las 9 a.m. en el parque del Grassmarket y me enseñaría las distintas rutas para ir a la Universidad, dependiendo del clima y del medio de transporte. Preferí ir solo, pensando que si llevaba algunos materiales el viernes, el lunes podría llegar directamente a dedicarme a mi trabajo. Con los años, uno desarrolla la habilidad de hacerse rápidamente mapas mentales de las ciudades, detallando números clave, puntos estratégicos y opciones que ni siquiera los locales habían contemplado. En la ruta, aproveché para entregar una foto en la Biblioteca Nacional con el fin de obtener un carné y poder acceder a las colecciones generales –para las especiales necesitaba una carta, me habían dicho un día antes. El funcionario que recibía las fotos y procesaba los documentos hizo algo de mala cara cuando llegué y en un inconfundible acento gringo, me dijo que no podía atenderme porque estaba entregando su turno: “It’s eleven o’clock”. Su acento gringo me había sonado tan molesto y escurridizo, en contraste con el inglés tosco y golpeado de los escoces al que ya me estaba acostumbrando, que con un gesto fuerte señalé el reloj que tenía detrás de su cabeza y le dije “So, get a new clock or new glasses. It’s eleven minus five”. Sin mirarme, recibió la foto, la metió rápidamente en el escaner y en menos de dos minutos ya tenía mi tarjeta de investigador para acceder a la Biblioteca Nacional; de investigador, es decir, sin necesidad de la carta de la Universidad. Tomé el carné y, sin siquiera agradecer, decidí dar una vuelta por las salas especiales, pero al minuto recordé que tenía mis “glasses” en lo más profundo de un maletín repleto de libros, el cuaderno que Juancho me había regalado por el cumpleaños hiper anticipado, lapiceros, post-it y demás insumos necesarios para la investigación, de modo que preferí dar media vuelta y retomar el camino hacia la Unit.
En la puerta, me percaté del extraño color de la hierba en Escocia. Ya dice el dicho que “The grass is no more greener on the other side”; evidentemente, como los dichos populares, suena bien pero estaba equivocado.
miércoles 1 de junio de 2011
lunes 30 de mayo de 2011
De cómo confluyen dos paralelas en un punto de un plano en el que no existen
Unos días atrás había empacado mis maletas, forzando las esperanzas en unos cuantos bolsillos y cuidándome, a la vez, de tener espacio suficiente para lo esperado y lo inesperado. Mientras hacía una fila que parecía interminable para reclamar mis maletas en el aeropuerto de París, entre dormido y profundo y con el olor propio de los trasatlánticos, pensaba en lo fortuito que era estar rodeado de miles de personas que venían de todas partes y seguían a otras tantas. Me entretenía contándome historias –naturalmente, imaginarias– a partir de los atuendos, las premuras, los objetos visibles y las miradas cansadas. En el aeropuerto de París la gente siempre parece cansada, como si fuera un polo imaginario por el que todo el mundo tuviera que pasar, sólo pasar, y nadie se quedara. Mi propia historia era más sencilla: sólo esperaba que el apartamento que había rentado fuera tan acogedor como en las fotos y que en la Unit tuviera un escritorio y un calentador para dedicarme a lo que creo hacer menos mal en la vida.
No recuerdo si era el fin de la mañana o el comienzo de la tarde; por los inmensos cristales de la 2F sólo se veía una lluvia sin intenciones de irse; mi cuerpo no sabía si estaba hastiado de la comida de avión o necesitaba cuidado; la gente iba de un lado al otro, arrastrando niños y maletas, y yo sólo buscaba la caja de cristal en la que podría satisfacer la ausencia de las más de 16 horas en que mi cuerpo había reclamado nicotina, alquitrán y demás tóxicos indispensables para alcanzar mi mínimo vital. En la búsqueda, me topé con un teléfono en el que pude llamar a casa, desde la distancia que no parecía aún tal, para decir que había puesto un pié al otro lado, que el otro vuelo estaba retrasado y que no había podido ni lavarme la cara, porque la higiene de los baños del Charles de Gaulle me recordaba los de la Universidad antes de la reforma. Entré a la zona de fumadores, que expelía un reconcentrado olor a alquitrán –el cual, sin embargo, sólo acrecentó mi necesidad de contribuir con él– y en la que un grupo de coreanos se tomaba fotos en un ambiente completamente nubado. Por fortuna, mi encendedor ubicado intencionalmente en un bolsillo que parecía descuidado había logrado superar los estrictos controles del D.A.S. Cuando encendí el primer cigarrillo, los coreanos se abalanzaron sobre mí y, mientras miraban mi encendedor, hicieron una pregunta bastante obvia: do you have fire?
El pequeño avión que cubre la ruta París-Edimburgo se había retrasado un poco –me dijo sonriendo el Jean-Pierre de Air France luego de 4 horas de no tener información. Por fortuna hablo francés. Los franceses creen que todo el mundo hablan francés y sueltan sus muecas como si hablaran una lengua universal, rematándola con una sonrisa que cierra toda posibilidad de interpetlación. Ya me había recorrido todo lo que puede ser interesante en un aeropuerto como ese. Sólo quería una ducha caliente, un cigarrillo en un lugar solitario y dormir. Dormir mucho y despertar en otro mundo. Opté, entonces, por dormirme, no en una de las cómodas bancas de espera donde todo el mundo lo hace, sino en un lugar en el que tuvieran que pasar por encima de mí cuando hubiera llegado el avión, para que no me fueran a olvidar. Y así fue. Unas pocas horas después estaba cruzando la Manche o el English Channel, como le dicen los británicos, creyendo asegurar cada uno con el nombre lo que en realidad les pertenece a ambos.
La llegada a Edimburgo fue premonitoria. (Los que creemos en poco tratamos de creer en pequeñas conspiraciones u ordenes insignificantes inventados, tal vez para suplir las carencias de una vida sin fe). El avión aterrizó en medio de una nube y cuando puse mi pié en la tierra de Wallace, no pude maravillarme, porque la niebla no me dejaba ver a más de un metro. Saludos y abrazos a mi amigo que me esperaba, un café para recuperar fuerzas, un cambio a todas luces desventajoso de euros por la moneda local y estaba en el ‘amazing flat’, como decía mi amigo John. Era mejor de lo que había pensado: con una vista hermosa sobre el Castillo y la antigua catedral, en medio de calles silenciosas y aterradoras por los fantasmas que allí pone la imaginación, con una cocina bien dotada para los experimentos de un aficionado a la gastronomía y una cama plegable, sin necesidad de ser tendida, aliada de la pereza matutina.
Me desperté a las 10 a.m., hora local. El viaje parecía una pesadilla surgida de una vida que no me había pertenecido nunca y la luz radiante de las cuatro ventanas del siglo XVIII me hicieron creer que ese siempre había sido mi lugar. Esa sensación me acompañó hasta que, meses más tarde, en Londres, tendría una triste despedida en una estación de tren.
No recuerdo si era el fin de la mañana o el comienzo de la tarde; por los inmensos cristales de la 2F sólo se veía una lluvia sin intenciones de irse; mi cuerpo no sabía si estaba hastiado de la comida de avión o necesitaba cuidado; la gente iba de un lado al otro, arrastrando niños y maletas, y yo sólo buscaba la caja de cristal en la que podría satisfacer la ausencia de las más de 16 horas en que mi cuerpo había reclamado nicotina, alquitrán y demás tóxicos indispensables para alcanzar mi mínimo vital. En la búsqueda, me topé con un teléfono en el que pude llamar a casa, desde la distancia que no parecía aún tal, para decir que había puesto un pié al otro lado, que el otro vuelo estaba retrasado y que no había podido ni lavarme la cara, porque la higiene de los baños del Charles de Gaulle me recordaba los de la Universidad antes de la reforma. Entré a la zona de fumadores, que expelía un reconcentrado olor a alquitrán –el cual, sin embargo, sólo acrecentó mi necesidad de contribuir con él– y en la que un grupo de coreanos se tomaba fotos en un ambiente completamente nubado. Por fortuna, mi encendedor ubicado intencionalmente en un bolsillo que parecía descuidado había logrado superar los estrictos controles del D.A.S. Cuando encendí el primer cigarrillo, los coreanos se abalanzaron sobre mí y, mientras miraban mi encendedor, hicieron una pregunta bastante obvia: do you have fire?
El pequeño avión que cubre la ruta París-Edimburgo se había retrasado un poco –me dijo sonriendo el Jean-Pierre de Air France luego de 4 horas de no tener información. Por fortuna hablo francés. Los franceses creen que todo el mundo hablan francés y sueltan sus muecas como si hablaran una lengua universal, rematándola con una sonrisa que cierra toda posibilidad de interpetlación. Ya me había recorrido todo lo que puede ser interesante en un aeropuerto como ese. Sólo quería una ducha caliente, un cigarrillo en un lugar solitario y dormir. Dormir mucho y despertar en otro mundo. Opté, entonces, por dormirme, no en una de las cómodas bancas de espera donde todo el mundo lo hace, sino en un lugar en el que tuvieran que pasar por encima de mí cuando hubiera llegado el avión, para que no me fueran a olvidar. Y así fue. Unas pocas horas después estaba cruzando la Manche o el English Channel, como le dicen los británicos, creyendo asegurar cada uno con el nombre lo que en realidad les pertenece a ambos.
La llegada a Edimburgo fue premonitoria. (Los que creemos en poco tratamos de creer en pequeñas conspiraciones u ordenes insignificantes inventados, tal vez para suplir las carencias de una vida sin fe). El avión aterrizó en medio de una nube y cuando puse mi pié en la tierra de Wallace, no pude maravillarme, porque la niebla no me dejaba ver a más de un metro. Saludos y abrazos a mi amigo que me esperaba, un café para recuperar fuerzas, un cambio a todas luces desventajoso de euros por la moneda local y estaba en el ‘amazing flat’, como decía mi amigo John. Era mejor de lo que había pensado: con una vista hermosa sobre el Castillo y la antigua catedral, en medio de calles silenciosas y aterradoras por los fantasmas que allí pone la imaginación, con una cocina bien dotada para los experimentos de un aficionado a la gastronomía y una cama plegable, sin necesidad de ser tendida, aliada de la pereza matutina.
Me desperté a las 10 a.m., hora local. El viaje parecía una pesadilla surgida de una vida que no me había pertenecido nunca y la luz radiante de las cuatro ventanas del siglo XVIII me hicieron creer que ese siempre había sido mi lugar. Esa sensación me acompañó hasta que, meses más tarde, en Londres, tendría una triste despedida en una estación de tren.
domingo 7 de diciembre de 2008
Los amorosos
Llevo algunos meses con este poema en la lengua. Tanto su extraña rima, más bien sincopada, como la hondura y a la vez sencillez de sus palabras, no dejan de darme vueltas. A veces repetimos tanto ciertas palabras que hacemos que se conviertan en realidad. No sé si el poema es una predestinación o aprendí a vivir así después de él. Lo único que por ahora parece importante decir es que no soy capaz ni de retomar sus ideas, con el temor de oscurecer lo que en él me parece claro.
Los amorosos (Jaime Sabines)
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
Los amorosos (Jaime Sabines)
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
miércoles 5 de noviembre de 2008
Good-bye me
No sé decir adiós. Mucho menos hasta pronto. No es tan sencillo como de primera impresión podría parecer. No se trata de romper todo vínculo, de desconectarse del otro, de deshacerse de lo vivido. No me refiero a un tirón de puerta en el que en un ataque repentino uno se deshace, al menos materialmente, de un vínculo. Se trata, más bien, de conocerse lo suficiente, de conocer al otro y de proyectarse en un punto; de hacer un balance, un diagnóstico, de palparse; y entonces decir que uno ya no quiere lo que proyecta. Que uno ya no quiere esperar más.
Creo que me he engañado pensando que hay un punto preciso en el cual se deba decir adiós o, al menos, hasta pronto. No porque piense que no deba hacerse, a veces simplemente es necesario para dormir tranquilo. Es, más bien, porque siempre pienso que no va a ser tan doloroso. Debido a mi temperamento tranquilo pero dominante he preferido decir basta a esperar el desgaste que, usualmente, trae consigo lo más parecido que uno pueda imaginarse al infierno de Dante; no por el espectáculo grotesco, sino por el constante descenso a profundidades nunca imaginadas en la que cada nivel supera a la imaginación más desaforada.
Pero no funciona. No me hace bien. No puedo desprenderme tan pronto de los recuerdos y, perdonarán, pero los condicionales contrafácticos no funcionan en estos asuntos. Aunque claro, lo sorprendente que alcanza la lógica simbólica que excede al uso ordinario del lenguaje es que cualquier condicional con antecedente falso es siempre verdadero. El problema es que precisamente mi pregunta se parece más a un ejercicio de lógica simbólica que a un análisis del uso ordinario del lenguaje.
Creo que me he engañado pensando que hay un punto preciso en el cual se deba decir adiós o, al menos, hasta pronto. No porque piense que no deba hacerse, a veces simplemente es necesario para dormir tranquilo. Es, más bien, porque siempre pienso que no va a ser tan doloroso. Debido a mi temperamento tranquilo pero dominante he preferido decir basta a esperar el desgaste que, usualmente, trae consigo lo más parecido que uno pueda imaginarse al infierno de Dante; no por el espectáculo grotesco, sino por el constante descenso a profundidades nunca imaginadas en la que cada nivel supera a la imaginación más desaforada.
Pero no funciona. No me hace bien. No puedo desprenderme tan pronto de los recuerdos y, perdonarán, pero los condicionales contrafácticos no funcionan en estos asuntos. Aunque claro, lo sorprendente que alcanza la lógica simbólica que excede al uso ordinario del lenguaje es que cualquier condicional con antecedente falso es siempre verdadero. El problema es que precisamente mi pregunta se parece más a un ejercicio de lógica simbólica que a un análisis del uso ordinario del lenguaje.
domingo 19 de octubre de 2008
Brillante sobre el mic
Hay recuerdos que no voy a borrar,
Personas que no voy a olvidar.
Hay aromas que me quiero llevar,
silencios que prefiero callar.
Son dos, las caras de la luna son dos.
Prefiero que sigamos amor presos de este sol.
Dejá, amá, llorá,
el tiempo nos ayuda a olvidar.
Y allá, el tiempo que nos lleva hacia allá,
el tiempo es un efecto fugaz.
Y hay, hay cosas que no voy a olvidar,
la noche que dejaste de actuar,
sólo para darme amor, para darme amor, para darme amor.
Yo vi tu corazón,
brillante sobre el mic en una mano,
y ausente de las cosas, pensaste en dejarlo y tirarlo
junto a mí, junto a mí.
Hay secretos en el fondo del mar,
personas que me quiero llevar,
aromas que no voy a olvidar,
silencios que prefiero callar,
mientras vos jugás.
Fito Páez
(Me sorprende la capacidad adaptativa de esta canción)
Personas que no voy a olvidar.
Hay aromas que me quiero llevar,
silencios que prefiero callar.
Son dos, las caras de la luna son dos.
Prefiero que sigamos amor presos de este sol.
Dejá, amá, llorá,
el tiempo nos ayuda a olvidar.
Y allá, el tiempo que nos lleva hacia allá,
el tiempo es un efecto fugaz.
Y hay, hay cosas que no voy a olvidar,
la noche que dejaste de actuar,
sólo para darme amor, para darme amor, para darme amor.
Yo vi tu corazón,
brillante sobre el mic en una mano,
y ausente de las cosas, pensaste en dejarlo y tirarlo
junto a mí, junto a mí.
Hay secretos en el fondo del mar,
personas que me quiero llevar,
aromas que no voy a olvidar,
silencios que prefiero callar,
mientras vos jugás.
Fito Páez
(Me sorprende la capacidad adaptativa de esta canción)
martes 22 de julio de 2008
Tengo miedo del encuentro/ con el pasado que vuelve/ a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches/ que pobladas de recuerdos/ encadenan mi soñar.
Pero el viajero que huye/ tarde o temprano/ detiene su andar.
Y aunque el olvido/ que todo destruye/ haya matado mi vieja ilusión/
guardo escondida una esperanza humilde/ que es toda la fortuna de mi corazón.
Letra de Alfredo Le Pera
Música de Carlos Gardel
1934
Tengo miedo de las noches/ que pobladas de recuerdos/ encadenan mi soñar.
Pero el viajero que huye/ tarde o temprano/ detiene su andar.
Y aunque el olvido/ que todo destruye/ haya matado mi vieja ilusión/
guardo escondida una esperanza humilde/ que es toda la fortuna de mi corazón.
Letra de Alfredo Le Pera
Música de Carlos Gardel
1934
jueves 19 de junio de 2008
¿Una generación con traumas?
Nos conocimos donde solemos hacerlo los que salimos del clóset en la generación del IRC. Luego de algunos intentos fallidos, parecía ser más afín a mis hábitos y caprichos que los 14 en 14: sólo dejaba una llamada perdida, se evitaba las preguntas incómodas del tipo ¿cómo sé que si estabas en la oficina hasta esta hora?, comprendía mis usuales demoras por quedarme leyendo, entendía que uno puede llegar cansado un viernes y no querer salir y respetaba que mi máxima alegría, que podía dañar cualquier salida, por buena que fuera, era que tuviera en mi poder un libro que había buscado por mucho y por fin conseguía. En cambio, se mostraba como alguien sereno, leal, tranquilo. El tiempo que pasábamos juntos, aunque parecía poco, era el suficiente para mantenernos en el punto en el que uno quiere, a cada momento, ver al otro. En aquel entonces aún no era de cuello blanco y, aunque las obligaciones eran bastantes (carga inusual de trabajo, maestría, deporte), disponía de más tiempo para organizar como quisiera.
A la vuelta de un par de meses comenzaron a aparecer los rasgos de los 14: si me alejaba una par de horas del teléfono mientras estaba en clase o en alguna reunión las llamadas perdidas no eran menos de 8; la de regreso venía con reclamo y puchero incluido. Múltiples mensajes en facebook, mensajes offline en msn del tipo "¿estás ahí? ¡dónde te metiste!". Llamada simultánea al celular y a la oficina o a la casa en su defecto. Razones con la secretaria. Viernes sin salida, llamada a media noche, con algo de alcohol, a hacer reclamos. Y entonces, de un momento a otro, se convirtió en el 15 en 15. Todo eso sucedió en una semana. El cambio fue repentino. La última conversación, en la que confirmé mis serias sospechas, incluía términos como "el amor de mi vida", "eras lo que siempre había esperado", "había encontrado lo que tanto busqué". Después de ese último intento, la perilla de mi personalidad "susceptible de enamorarse" pasó a "stand-by".
Hace un par de semanas, mientras iba en un taco infernal con Lauris, comenzó a cambiar emisoras. Y entonces sonó esto. Una vez terminó, comenzó esta otra. Quienes crecimos en los 80's, sin duda nos reiremos escuchando esto, porque crecimos con esto en el ambiente. Nunca recuerdo haber tenido un cassette o un LP (80's) de Ricardo Montaner, pero no dudaría en incluir esos sintetizadores última generación del momento, las trompetas re-mix, las strings y la modulación de un tono, entre la música de fondo con la que crecí. Y entonces se me ocurrió que cómo era posible que esta generación no estuviera más traumatizada afectivamente, cuando creció al son de frases como "¿qué le hace falta a nuestras vidas que ya han vivido tanto, que han visto mil colores de sábanas de seda?" (¿especial sentido para el género?); "amor mío, lo nuestro es como es, es toda una aventura, no le hace falta nada"; "y te haré compañía, más allá de la vida, yo te juro que arriba te amaré más"; o qué tal "dame la certeza de este nuevo amor"; "dame poco a poco tu serenidad, dame con un grito la felicidad... de llevarte a la cima del cielo". ¿No vendrá de allí el afán de la búsqueda que termina en el feliz encuentro del "amor verdadero" con el que todo el mundo está obsesionado ahorita y que creo es en gran medida la causa del fracaso de la mayoría de los 15 en 15?
A la vuelta de un par de meses comenzaron a aparecer los rasgos de los 14: si me alejaba una par de horas del teléfono mientras estaba en clase o en alguna reunión las llamadas perdidas no eran menos de 8; la de regreso venía con reclamo y puchero incluido. Múltiples mensajes en facebook, mensajes offline en msn del tipo "¿estás ahí? ¡dónde te metiste!". Llamada simultánea al celular y a la oficina o a la casa en su defecto. Razones con la secretaria. Viernes sin salida, llamada a media noche, con algo de alcohol, a hacer reclamos. Y entonces, de un momento a otro, se convirtió en el 15 en 15. Todo eso sucedió en una semana. El cambio fue repentino. La última conversación, en la que confirmé mis serias sospechas, incluía términos como "el amor de mi vida", "eras lo que siempre había esperado", "había encontrado lo que tanto busqué". Después de ese último intento, la perilla de mi personalidad "susceptible de enamorarse" pasó a "stand-by".
Hace un par de semanas, mientras iba en un taco infernal con Lauris, comenzó a cambiar emisoras. Y entonces sonó esto. Una vez terminó, comenzó esta otra. Quienes crecimos en los 80's, sin duda nos reiremos escuchando esto, porque crecimos con esto en el ambiente. Nunca recuerdo haber tenido un cassette o un LP (80's) de Ricardo Montaner, pero no dudaría en incluir esos sintetizadores última generación del momento, las trompetas re-mix, las strings y la modulación de un tono, entre la música de fondo con la que crecí. Y entonces se me ocurrió que cómo era posible que esta generación no estuviera más traumatizada afectivamente, cuando creció al son de frases como "¿qué le hace falta a nuestras vidas que ya han vivido tanto, que han visto mil colores de sábanas de seda?" (¿especial sentido para el género?); "amor mío, lo nuestro es como es, es toda una aventura, no le hace falta nada"; "y te haré compañía, más allá de la vida, yo te juro que arriba te amaré más"; o qué tal "dame la certeza de este nuevo amor"; "dame poco a poco tu serenidad, dame con un grito la felicidad... de llevarte a la cima del cielo". ¿No vendrá de allí el afán de la búsqueda que termina en el feliz encuentro del "amor verdadero" con el que todo el mundo está obsesionado ahorita y que creo es en gran medida la causa del fracaso de la mayoría de los 15 en 15?
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